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De tensión sexual, Leonard Cohen y Paul McCartney

Te hice romper una de las promesas que te habías hecho: no besarías a nadie que hubiese comido carne recientemente; nunca comprendí tu manifesto ni las veces que habías tenido buenas oportunidades con chicos que te interesaban y las dejabas ir porque su desayuno había sido quizá barbacoa.

Es por eso que se me hizo extraño que aquella madrugada en tu sala, cuando te llevé de regreso de una fiesta que incluyó una escala en esa taquería en la que la plática se extendió, respondieras a mi coqueteo. Sabía de tu regla y tú sabías que nuestra amistad era más una cuestión de destino: simplemente nunca coincidimos sin pareja; simplemente esa noche decidiste que no te importaba y que deberíamos jugar a ser Cohen y Janis; después de todo éramos feos pero teníamos la música.


Amanecía cuando salí de tu casa, continuamos besándonos en el Garaje mientras te cubrías con tu blusa y jurabas quererme mucho; me fui muy contento; éramos muy buenos amigos, pero la atracción entre nosotros siempre fue inminente y creo que en el fondo los dos pensábamos que esa noche podía ser el inició de una larga relación.

Sin embargo, no paso, la siguiente vez que nos vimos platicamos sin tocar el tema, las demás veces íbamos de fiesta, al cine o a drogarnos en algún concierto, la única vez que tocamos ese tema fue en una frase simple: entre nosotros hay una puerta que no queremos abrir del todo, pero no tenemos ganas de cerrar.

Fue por eso que el día que nunca recibiste la respuesta a ese correo en que me invitabas a pasar un fin de semana en la playa; pues cuando leí las líneas que me decían "Y será divertido ver como te llevas con mi esposo" la única respuesta que pude escribir era una frase de Paul Mc Cartney: "Si no podemos ser amantes, nunca seremos amigos", nunca le di Send.

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