9/27/2007

El Enojo y La Locura

Me dió la pistola y me dijo: "tienes que matar a una de dos personas, la primera me traicionó y la segunda le ayudó". Yo lo vi fijamente, era mi primer trabajo como asesino a sueldo y me costaba un poco de trabajo lidiar con el asunto de matar; sin embargo, necesitaba el dinero y salir de la rutina.

Tome la pistola y me dedique a seguirlos; no podía comprender la traición de la que hablaba mi cliente y mucho menos la idea de vengarse de esa forma. Al final de todas mis pesquisas, que incluían poca investigación y mucha imaginación, tenía perfectamente armada una historia en mi cabeza: motivos, momentos, causas. Y la verdad, al menos en mi imaginación la supuesta traición ameritaba un enojo, no un asesinato, pero no me pagaban por imaginar.

Antes de disponerme a hacer el trabajo, me vi con mi cliente, además de cobrarle quería escuchar de él por última vez que en realidad quería que lo hiciera. Los dos fumababamos y al interrogarlo descubrí algo en su mirada que me era familiar, al mirar fijamente vi que mi cliente era un espejo, que yo mismo me estaba contratando para matar.

La realidad había resultado ser dura, mi enojo había resultado grande y parece ser que mi mente convirtió todo la traición en algo imaginario, que si bien comenzó en lo real poco a poco se transformo en toda esa historia inventada. Lo malo es que cuando mi mente decidió mandar todo eso fuera de la realidad, también me mando a mi; en pocas palabras me había vuelto loco.

Seguí con la interrogación a mi cliente "¿en realidad quieres que los mate?", él (o yo) socarronamente me dijo "Es tu decisión, yo te di la historia, tu da el final". Mi maldita mente jugó de nuevo conmigo, en la imaginación me creo una historia y un probable final de algo que debía resolver en mi vida real.

Pensé en que no podía matar al complice, no tiene nada que ver en el asunto; sólo vió una oportunidad y la aprovechó; en cuanto a la persona que me traicionó: no podía hacer nada, mi maldito afecto lo impedía, pues no podía pensar en matar a alguién a quien quiero. Por otro lado, la traición en cuestión posiblemente nunca ocurrió, sólo era el enojo y la locura; sin embargo era una falsa historia que debía acabar: tome la pistola, dije algo que sólo para mi hacía sentido y la coloqué en mi boca. La única manera de acabar con todo, era acabando con quien lo sentía.

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